CHINA INVIERTE EN TÍBET, PERO LA FE ES TODAVÍA AGREDIDA
A pesar del dinero canalizado hacia la economía tibetana, los residentes permanecen como extraños ante sus gobernantes
Por Alexa Olesen
Associated Press
26 de Noviembre de 2006
NAQU, Tíbet – En el extendido corazón de Tíbet, donde yaks y ovejas superan por lejos en número a la gente, el burócrata chino Duan Xiangzheng describe como la carne orgánica de la región recorre rápidamente las 1800 millas hasta Shangai y llega a las mesas de comida, doblando los ingresos de los pastores.
“Esto no es un sueño o una ilusión” dice el jefe comunista de la prefectura de Naqu. Él apunta al nuevo tren de alta velocidad que corta Naqu, conectando la franja del tamaño de California de gran altitud y sus 355 mil nómades y sus 7 millones y medio de cabezas de ganado con el resto de China.
“Antes, enviar una cabeza de yak por estos caminos de las altas montañas al mercado interior significaba una pérdida financiera” dijo. “Ahora, nosotros tenemos el tren, y queremos dinero y queremos a nuestras familias tibetanas y a la gente común ocupada y bulliciosa”
Los líderes chinos están invirtiendo billones en mejorar el sustento y ganar el apoyo popular en un Tíbet que es crónicamente empobrecido y tenazmente resistente al gobierno chino. Si sólo ellos pudieran lograr que los tibetanos los aceptaran.
Lawang, de 23 años, hijo de pastores nómades de Naqu, dijo que su familia no quiere hacer una matanza de animales en masa, ni siquiera por más dinero. Él dijo que las ovejas y los yaks son como de la familia, pastando cerca de las carpas y proveyendo leche, lana y carne.
“Una vez al año nosotros matamos algunos de nuestros animales, pero sólo tantos como nosotros necesitamos” dijo Lawang, quien, como muchos tibetanos lleva un solo nombre.” “Y cuando los matamos, nosotros lloramos y los animales lloran también” Un conflicto de expectativas se está intensificando entre los tibetanos y sus gobernantes chinos. En los años recientes, Beijing ha dado a Tíbet todo, desde celulares, redes de radio y TV y caminos, hasta el “Tren al cielo” de 4.2 billones de dólares, entre Beijing y la capital tibetana, Lhasa.
Pero se ha atacado el corazón de la identidad tibetana –su fe budista- al demonizar a su líder espiritual, el exilado Dalai Lama y limitando cómo y dónde ellos pueden venerarlo.
Más que convencer a los tibetanos, la táctica del palo y la zanahoria china parece estar profundizando el abismo.
En Lhasa, Beijing está gastando 22 millones de dólares en restaurar el Potala, el palacio en la cima de la colina donde el Dalai Lama vivió hasta que huyó a la India en 1959.-
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