MONJAS TIBETANAS ENCUENTRAN TIEMPO PARA LA EDUCACIÓN EN EL EXILIO INDIO
Por Diana Reynolds Roome
En SAN FRANCISCO CHRONICLE
Domingo 14 de enero de 2007
Si algo bueno puede resultar de la opresión y la pérdida, yo puedo haber sido testigo de ello en Dharamsala. Este empinado y extenso pueblo en las faldas de los Himalayas del norte de India es hogar de miles de exilados tibetanos –incluyendo el Dalai Lama que vive en Namgyal, un monasterio amarillo y rojo posado en la cima de una colina y rodeado de banderas de oración. Yo permanecí en un convento budista tibetano en las afueras más bajas de la ciudad y presencié una transformación de vidas que no era sólo visible sino palpable.
Unas 220 monjas –llamadas ani en tibetano- viven en Dolma Ling, que fue inaugurado hace un poco más de un año atrás por el Dalai Lama. Tomó 14 años para estar completo, después de largos años de colectar fondos, planificar y construir, lo que las mismas monjas ayudaron a hacer, transportando piedras y arena para ahorrar dinero en la construcción. Ahora los elegantes edificios blancos y granates, con simples claustros, patios y un templo (gompa), proveen un hogar para monjas de 14 a 80 años, muchas de las cuales han escapado de la opresión y de la destrucción de sus conventos en Tíbet.
Antes de hallar este santuario, algunas habían estado encarceladas y torturadas por manifestaciones pacíficas contra el régimen comunista chino en Tíbet, rehusándose a denunciar al Dalai Lama o incluso por poseer retratos de Su Santidad.
Una monja, Jangchup Dolma, a mediados de sus treinta, lucha por describir en inglés cómo ella y sus compañeras de viaje fueron atacadas mientras trataban de venir a la frontera. "Nosotras caminamos a pie un mes y medio. Caminábamos de noche, algunas veces no había luna, estaba muy oscuro y nosotras no veíamos ningún camino. Nuestra tsampa (comida de cebada) se agotaba y teníamos que rogar por comida en pequeñas aldeas. A veces había una lluvia pesada y alguna gente parecía casi inconsciente". Cuando ellas estuvieron cerca de la frontera con Nepal, fueron perseguidas por los guardias de frontera chinos. Los monjes que viajaban con ellas trataron de detener los camiones, pero una fue muerta y otras siete fueron heridas.
Tales incidentes violentos aún suceden. La monja de 17 años que fue asesinada por los guardias cerca del Monte Everest el año pasado estaba planeando estudiar en el Dolma Ling. Todavía los tibetanos acuden en gran número a las fronteras con India y Nepal, viajando a través de los helados pasos de los Himalayas a pie o en yak para escapar de la ocupación extranjera que ha destruido su forma de vida y marginalizado a la mayoría de ellos en su propio país.
Ahora seguras y a salvo, aunque en muchos casos separadas de sus familias, las monjas, en hábitos granates y con sus cabezas rasuradas, siguen programas ajetreados.
Lo que hace a Dolma Ling inusual es que no es sólo una comunidad religiosa, sino también un instituto de aprendizaje. A las cinco de la mañana, las monjas asisten a la puja (sesión de oraciones) con rítmicos cánticos en el gompa, debajo de un magnífico mural de Tara Verde, la emanación femenina del Buda de la Compasión. Luego de ello, hasta la puja de las 6.30 p.m., ellas no tienen mucho tiempo para la meditación porque tienen una pizarra completa de clases, incluyendo inglés, lenguaje tibetano y a veces literatura, aritmética y computación. Eso es parte de los 13 años del programa educacional que ellas hacen en adición a la realización de deberes más prácticos como cocinar, limpiar, ordeñar las vacas del convento o hacer artesanías para vender –rosarios de oración, regalos bordados, y decoraciones en forma de vajras o ruedas del dharma (símbolos budistas).
Para muchas, la educación es algo nuevo. Antes de arribar a Dharamsala, el 99% de ellas no podía ni leer ni escribir. Pocas monjas en Tíbet reciben alguna educación, y ellas con frecuencia son analfabetas porque orar es su vida, y muchas de ellas vienen de familias de nómades o de pastores de yaks cuya cultura está envuelta en la tradición oral en lugar del aprendizaje en libros. Los monjes, en contraste, han estudiado siempre filosofía budista y conservado bibliotecas, según el linaje o la tradición de su monasterio.
Lo que es aún más inusual en el Dolma Ling es que las monjas estudian debate teológico o jangkunju, como un componente esencial en el aprendizaje y crecimiento más acomodado a las complejidades del budismo tibetano.
Esta actividad otorga poderes, algo que se volvía evidente mientras observaba a las monjas practicando sus habilidades en los espaciosos patios, pateando y aplaudiendo para enfatizar los puntos oscuros de la filosofía budista tibetana. Delek-La, una animada joven ani, fue desafiada por su maestro (un monje) acerca de dónde reside el verdadero yo. (Su lama, o maestro personal, explica ella, cumplió una pena de prisión en Tíbet). Todas las monjas fueron preparadas para los exámenes en los cuales ellas tienen que ocuparse, con rigurosos argumentos, de puntos de la doctrina budista, elevando sus voces y desafiando al oponente.
Hasta hace poco, sólo los monjes habían practicado esta forma de debate, pero las monjas ahora se están probando a sí mismas que están bien capacitadas en muchos de los desafíos académicos. Nueve ya se han graduado en el segundo nivel más alto de la tradición Nyingma y unas pocas están estudiando para el más alto, el título de Geshe, aunque todavía hay obstáculos para ello, y para la completa ordenación femenina. Con el total apoyo del Dalai Lama, el mayor esfuerzo está ahora en proceso de remover los obstáculos técnicos y las tradiciones arraigadas que hasta el momento impiden a las mujeres alcanzar esas metas.
La vida en el exilio ha llevado a muchos tibetanos a darse cuenta que, si bien mantener las tradiciones es un desafío enormemente importante, aprender a conectarse con el mundo moderno es también vital para la supervivencia de la cultura.
"Nosotros realmente queremos que ellas se capaciten" dijo Rinchen Khando Choegyal, directora fundadora del Proyecto de Monjas Tibetanas. Choegyal –la esposa del hermano menor del Dalai Lama, ministra de Educación del Gobierno Tibetano en el Exilio por casi 10 años y primera presidenta de la Asociación de Mujeres Tibetanas- está dedicada a que las mujeres, religiosas o no, ganen independencia.
Pero Rinchen Khando agrega, incluso estos avances no compensan el doloroso hecho de haber sido expulsadas de su país. "Nosotros no debemos olvidar que somos tibetanos en el exilio, si se me hubiera dado la oportunidad, yo habría hecho esto en Tíbet".-
Diana Reynolds Roome es una escritora de Bay Area. Por más acerca del Proyecto de Monjas Tibetanas, una organización sin fines de lucro que está ayudando a apoyar y educar a las monjas budistas en el exilio, vaya a www.tnp.org. Contáctenos en insight@sfchronicle.com
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