SOBRE UN VIAJE A RONGBUK, EL MONASTERIO MÁS ALTO DEL MUNDO
Por John Flinn, escritor del staff de Chronicle SAN FRANCISCO CHRONICLE Shangri-La no tiene inodoros con cisterna. De hecho, lo menos dice lo mejor acerca de las comodidades. Destinos todo alrededor del Asia Central reclaman ser la inspiración de la vida real para la novela de James Hilton de 1933, "Los horizontes perdidos", pero mi dinero está en el Monasterio Rongbuk al pie del Monte Everest en Tíbet. Las expediciones inglesas al Everest de la década del 20 lo usaron como campamento base, y ellos retornaron a casa con historias de arrugados monjes budistas viviendo en espléndido aislamiento en un valle tapiado por los picos de los Himalayas. Sus lecturas con linterna causaron sensación en Londres, y fueron tan plausibles que Hilton asistió a una, al menos. El quid: Sacar un detallado mapa topográfico del área del Everest y correr su dedo unas pocas millas al suroeste, justo sobre la frontera nepalesa. Allí usted encontrará un oscuro y poco usado paso de montaña. Su nombre: Changri-La. En algunos mapas incluso escrito como Shangri- La. Comodidades a un lado, Rongbuk, a 16.500 pies, era el punto alto –figurativa y casi literalmente- a una semana de viaje, 600 millas, en una Land Rover, el último otoño a través de los Himalayas, desde Lhasa, Tíbet, a Katmandú, Nepal. "El techo del mundo" es llamada, y no hay exageración. La meseta tibetana, con el tamaño del oeste de Europa, es la masa de tierra más elevada del planeta, coronada por colosales picos de nieve rozando el cielo del Asia Central: Everest, Makalu, Cho Oyu, Shishapangma y otros gigantes. Durante la mayor parte de su historia, el Tíbet fue una tierra misteriosa y prohibida, cerrada con fuerza al mundo exterior, lo que la hizo irresistible a los aventureros y soñadores. Esto ha sido hasta hace 20 años, cuando los turistas han sido permitidos en números significativos, pero un viaje independiente está todavía fuera de los límites de los occidentales. Como mínimo, los viajeros deben contratar un guía chino aprobado y usualmente un conductor. Yo hice lo que la mayoría de los visitantes hace: me inscribí en un organizado tour en Land Rover. Casi cualquier agencia de viajes en Tíbet, y muchas en Nepal, pueden poner una. También pueden los agentes de viaje de Estados Unidos, especializados en esta parte del mundo. (La mayoría de los tours usan en efecto Toyota Land Cruisers, pero en Tíbet como en el este de África, "Land Rover" se ha convertido en el nombre genérico para cualquier vehículo de cuatro ruedas). En el lobby de un curiosamente limpio y moderno hotel de Lhasa –la capital de Tíbet- de propiedad de un chino, yo me encontré con mis compañeros de viaje: cinco daneses, una mujer de New York y nuestro guía tibetano, Phorbu Chundak. Nosotros cargamos nuestras bolsas de viaje en la parte de atrás de las dos Land Rover equipadas con botellas de oxígeno de emergencia, subimos y nos pusimos en camino. Altura entre los yaks A la vera del pueblo, justo pasando la nueva oficina de Amway, nosotros dejamos el siglo 21 y entramos en la Tierra del Yak. No es exageración decir que sin esas enormes, peludas y malhumoradas bestias, la vida rural en la meseta tibetana sería imposible. Los yaks aran los campos y transportan mercancías al mercado. El cuero del yak viste a los tibetanos y cubre sus pies. El áspero pelo externo es tejido para las carpas, el suave pelo interno para las mantas. La carne de yak rellena los momos, las bolas de masa guisada, básicas en los menús tibetanos. La manteca del yak se usa como combustible de las lámparas de los monasterios y, cuando está rancia, le da al té tibetano su singular sabor. Incluso el estiércol del yak es valioso, es recogido por los niños, puesto a los costados de las casas a secar y luego quemado en los fuegos de la cocina. Los yaks son apropiados únicamente para el frío y el aire desprovisto de oxígeno de la meseta tibetana, ya que ellos no pueden sobrevivir debajo de los 12000 pies de altura. Nosotros estuvimos viajando en la "Autopista de la amistad" construida por los chinos, que corre desde Lhasa a la frontera nepalesa sobre una serie de pasos a 16.000 y 17.000 pies. Es una formidable proeza de la ingeniería, aunque la mayor parte de la ruta no da para ser llamada autopista. Es en general una vibrante y sucia pista de gravilla, y en unos pocos lugares es apenas un camino: para no perder un diente, o pegar tu cabeza contra el techo, nosotros sólo seguimos el lecho de un arroyo rocoso en primera. Lhasa se encuentra a 12.500 pies, y nuestra ruta era bastante más cuesta arriba desde allí. A esa altitud, el aire tiene escasamente la mitad de oxígeno que al nivel del mar. Tuve un recuerdo bastante dramático sobre eso en la primera noche, cuando nos registramos en un moderno hotel en el pueblo de Gyantse. Mi habitación estaba en el tercer piso y no había elevador, por eso yo me colgué mi gran bolso de viaje sobre mi hombro y brinqué los escalones de a dos por vez. Al tiempo que alcancé mi puerta, mi corazón estaba latiendo histéricamente y yo estaba jadeando, a punto de estallar, incapaz de llevar suficiente oxígeno a mis pulmones. Me dejé caer sobre mis rodillas, pero mi visión era borrosa y no podía encajar mi llave en la cerradura. Por unos pocos momentos estuve verdaderamente atemorizado: yo pensaba que estaba sufriendo un ataque al corazón. Esto tomando en cuenta de que una hora antes yo me sentía muy bien. Sonriendo con lenguas Desviándonos del camino principal al día siguiente tomamos una senda de áspera gravilla, pasamos las carpas negras de los nómades pastores de yak y pasamos por las tradicionales aldeas tibetanas que cambiaron poco a través de los siglos, salvo por las ocasionales antenas parabólicas y las mesas de pool. Los tibetanos, son locos por los billares. Era otoño, y todos estaban en los campos cosechando la cebada. Cuando nos acercábamos, los niños paraban de trabajar, se alineaban al lado del camino y saludaban. Una vez, cuando nos detuvimos, mujeres con delantales rayados vinieron a decirnos hola, sonriendo con las puntas de sus lenguas sobresaliendo. Esto suena raro –tradicionalmente era una forma de asegurar a los extranjeros que no eran lenguas viperinas demoníacas- pero es algo encantador que desarma al verlo. A pesar de todo lo que han pasado, la mayoría de los tibetanos son irreprimible y contagiosamente alegres. Ninguno aquí ha escapado a los efectos de la brutal conquista china, pero afuera en el campo la vida mantiene alguna semejanza con lo que fue. Este no es el caso en los pueblos y las ciudades, donde nosotros pasábamos nuestras noches. Shigatse, en particular, se ha dispersado en una extensión descontrolada de modernas y antiestéticas metrópolis con el influjo de varias decenas de miles de inmigrantes chinos Han. Algunas calles no se pueden distinguir de Beijing. Hay grandes guarniciones del Ejército Popular de Liberación en las afueras del pueblo, y los tibetanos son una minoría diferente en las veredas. En el magnífico y dorado techo del monasterio de Tashilhunpo, nosotros fuimos advertidos de que cuidáramos lo que decíamos porque se sospechaba que algunos de los monjes eran espías de los chinos. En el mucho más pequeño pueblo de Lhatse, donde nosotros paramos un día para almorzar, todos los comercios y restaurantes tenían personal chino Han. Cuando nosotros paramos con nuestras Land Rovers fuimos rodeados por harapientos y desesperados mendigos tibetanos que nos agarraban de nuestras mangas y nos miraban fijo con ojos llorosos e implorantes. Este fue un crudo y desconcertante recordatorio de cómo los tibetanos han sido marginalizados en su propio país. Yo no pude volver al campo lo suficientemente rápido. Viviendo como un monje Por muchos días nosotros condujimos sobre los altos pasos festoneados por miles de banderas de oración en jirones, decoloradas por el sol y las siempre cercanas vistas de los enormes picos nevados. Entonces un día nosotros doblamos una curva y nos encontramos frente a frente con la montaña más alta del mundo. Nosotros estábamos ya a 16.000 pies sobre el nivel del mar –mucho más alto que las cimas de los Montes Whitney o Rainier- y el Everest se elevaba otras dos millas y media sobre nosotros. Desde su cima, que está más allá de las corrientes de aire, una inmensa pluma de nieve volaba como una bufanda tomada por el viento. Era imposible quitar nuestros ojos de la montaña. Mirando fijamente desde el valle hacia el pico, John Noel, un explorador británico anterior, escribió, "algún colosal arquitecto que construyó los picos y los valles, pareció aquí haber causado un prodigio dramático, un vestíbulo de grandeza que guía a la montaña." En el otro lado, en Nepal, el Everest se esconde tímido detrás de montañas más bajas, y desde muchos ángulos es difícil decir que él es el más alto. Pero aquí se levanta supremo sobre todo y parece absolutamente digno de su nombre tibetano, Chomolungma, "diosa madre del mundo." (Según el último Galen Rowell, los geógrafos británicos investigando los nombres locales del pico en el siglo 19, vinieron con otro: Mi-ti Gu-ti Cha-pu Long-nga, que se traduce como "Tú no puedes ver la cima desde cerca pero tú puedes ver la cima desde nueve direcciones, y un pájaro que vuele tan alto como la cima quedará ciego".) Cuando nos acercábamos a Rongbuk, sin embargo, yo me preparé para lo peor. El monasterio más alto del mundo y una vez uno de los más reverenciados del Tíbet, era hogar de más de 500 monjes y monjas budistas, los festivales de estación traían peregrinos desde tan lejos como de Mongolia. Las primeras expediciones paraban aquí para recibir las bendiciones de Rinpoché, un lama reencarnado, antes de dirigirse a la montaña. Pero en los ´60 durante la tumultuosa Revolución Cultural, los vándalos profanaron Shangri-La. Animados por la Guardia Roja del Ejército Popular de Liberación, jóvenes chinos y tibetanos se desahogaron emocionalmente sobre los techos de las capillas y destruyeron todo artefacto y tesoros de arte que los monjes no fueron capaces de llevarse a Nepal. Hay historias, que espero sean apócrifas, de vándalos usando los textos sagrados como papel higiénico. Por eso yo estaba alegremente conmovido de encontrar Rongbuk sustancialmente reconstruido y luciendo más o menos como era en las fotografías de 1920. Catorce monjes y catorce monjas viven aquí ahora y están restaurando el lugar lenta y minuciosamente. Cuando nos acercábamos al monasterio yo pude escuchar murmullos, cantos basso profundo, que parecían causar la vibración del suelo. Un monje de 37 años llamado Awanghwutse, llevando una gorra de ski de Nike, bajó su pincel de pintura, abrió la puerta de la capilla y me condujo dentro. Sobre las paredes, iluminadas por parpadeantes lámparas de manteca de yak, había intrincados y frescos murales de leones de nieve y deidades protectoras tibetanas que lucían atemorizantes. "Este es un gran trabajo", dijo Awanghwutse, con el guía Phorbu traduciendo. "Un americano rico ofreció pagar por todo, pero los chinos no nos dejaron aceptar. Ellos prohíben las contribuciones de los extranjeros. Yo estaba planeando ya deslizarle unos pocos dólares, pero después de escuchar eso doblé mi donación. Un viejo tibetano en una campera de ganso, asomó su cabeza a la puerta. "él vive en una cueva arriba en el valle", dijo Awanghwutse con propiedad. "Él ha estado allí por 20 años". Porque está allí Los chinos han construido un moderno y llamativamente feo hotel abajo en el valle, pero sólo los turistas chinos se quedan en él. Nosotros, como los otros visitantes occidentales, nos registramos en una casa de huéspedes dirigida por el monasterio. Era primitiva –para ponerlo suavemente- pero las rentas iban a parar a la reconstrucción de Rongbuk. Las ventanas en la pequeña habitación que yo compartí con otros dos, tenían grandes rajaduras en los cristales, las mantas de lana de yak estaban ásperas y raspaban, y el baño era un horroroso y maloliente cobertizo con un agujero en el piso. En el comedor, nuestro arroz estaba freído sobre un fuego de estiércol seco de yak, que le daba un distintivo gusto fuerte. Pero cuando me desperté a la medianoche y miré hacia fuera por la ventana para ver la cara norte del Monte Everest, resplandeciente como alabastro a la luz de la luna, todo parecía valer la pena. A diferencia de Nepal, donde toma al menos una semana el duro viaje hasta alcanzar el Everest, tú puedes conducir al pie de la montaña aquí. Desde Rongbuk, donde todos los vehículos pueden ir sin permiso especial, son sólo 5 suaves millas desde el valle hasta el campamento base. Se puede contratar un carro con pony para el viaje, pero era un lindo día y preferí caminar. Ya aclimatado, yo encontré que podía dar un paseo con un paso bastante bueno sintiendo el viento. Pasé por la cueva donde estaba viviendo el monje y más lejos en el valle, por un gran y extrañamente no asustadizo rebaño de ovejas azules tibetanas salvajes. Pero la montaña demandaba mi constante atención. Mientras caminaba, mis ojos trazaban la ruta hacia la mano izquierda del horizonte donde George Leigh Mallory –el caballero inglés que quiso subir al Everest "porque está allí"- desapareció en las nubes en 1924, posiblemente alcanzando la cima 29 años antes que Tenzing y Hillary. El campamento base es una pequeña ciudad de carpas semi permanentes convertidas en casas de té y posadas de huéspedes. Una tenía pintada a mano una señal para identificarla como "Hotel California". Yo entré por una taza de té y me di cuenta que había dos demacrados cuerpos durmiendo sobre las almohadas frente a mí "Ellos son alpinistas españoles que recién bajaron de la montaña", dijo la muchacha tibetana que llenó mi taza. " Ellos no llegaron hasta la cima pero no sé como ninguno de los dos murió". Problemas me estaban esperando al regreso a la casa de huéspedes del monasterio. Un miembro de nuestro grupo, una mujer danesa en sus cincuenta, llamada Annie, balbuceaba semi incoherente, incapaz de hacer frente a la altitud extrema. Ella parecía estar teniendo un edema cerebral, una acumulación de fluido en su cerebro, una forma potencialmente fatal de la enfermedad de la altura. Desplomada en un rincón y aspirando oxígeno de una gran lata de metal, ella estaba jadeando y mascullaba. Parecía que el oxígeno no estaba ayudando. Hay solo una cura exitosa para el edema cerebral, y es descender. En la mayoría de los lugares del Tíbet es simplemente imposible –la parte más baja de los valles está frecuentemente a 14.000 pies de altura- pero nosotros estábamos de suerte: estábamos a medio día de viaje del borde de la meseta. Teníamos que cruzar dos pasos más de 16.500 pies de altura, y entonces llegaríamos a uno de los más extraordinarios lugares de la tierra: condujimos derecho hasta el borde de la meseta tibetana y bajamos vertiginosamente hacia las murallas del sur de los Himalayas como un balón rodando por una mesa. Abajo, abajo, abajo condujimos, bajamos casi 11.000 pies en una hora y media. Más abajo pude ver nubes de monzones hirviendo desde Nepal, luciendo lo bastante sólidas como para abollar nuestro parachoques. El marrón árido de la meseta tibetana daba lugar a un verde exuberante mientras caídas de agua reflejaban a los lados del cañón y el bambú brotaba por todas partes. Era como ir instantáneamente de Nevada a Kauai. El aire cambió de frío y seco a cálido y húmedo, los búfalos de agua reemplazaron a los yaks y los hindúes suplantaron a los budistas, todo en unas pocas millas. Por el tiempo que nosotros alcanzamos el pueblo de Zangmou, Annie estaba riendo y bailando, milagrosamente recuperada, y Shangri-La era una vez más solo un sueño lejano.-
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