jueves, marzo 29, 2007

Ser feliz como un monje

Un distinguido sicólogo y neurocientífico que trabaja con el Dalai Lama para trazar el camino a la Felicidad ofrece una charla este jueves.

Por Marta Tarbell

The Telluride Watch (Colorado)

26 de marzo de 2007

¿Es la felicidad un derecho de nacimiento?

"Sí, de todas manera diría que sí", afirma Richard Davidvson, Ph.D., profesor de sicología y siquiatría en la Universidad de Wisconsin en Madison, como también director de su Laboratorio Brain-Imaging en el Centro Waisman.

Davidson viene a Telluride el jueves por la noche para ofrecer una charla abierta titulada "Ser feliz como un monje", en el Palm Theatre de 7 a 8:30 pm.

Recientemente nombrado una de las 100 personas más influyentes del mundo por Time, Davidson cuenta con un doctorado en sicología y neurociencia, y ha pasado 35 años investigando el cerebro humano y las emociones. Ha publicado unos 200 documentos sobre el sistema de circuitos cerebrales tras las emociones humanas, como también muchos capítulos y revisiones de libros de texto, y editado 13 libros. En 2003, Davidson fue seleccionado por la Academia Americana de Artes y Ciencias; un año después, entró a la Academia de Ciencias, Artes y Letras de Wisconsin.

"La felicidad se puede enseñar", dice Davidson, cuyo mensaje básico este jueves será: "Podemos cambiar nuestros cerebros al cambiar nuestras mentes".

Davidson pasó la primera mitad de su carrera "enfocándose en los cambios en el cerebro" asociados con desordenes de la emoción y el ánimo, la ansiedad y el autismo.

"Todavía hacemos ese trabajo", dice él de la investigación en los desordenes sicológicos y de ánimo, pero desde 1992, cuando se acercó al Dalai Lama con una petición para investigar las ondas cerebrales de los monjes en meditación, el enfoque cambió hacia un mayor entendimiento sobre "lo que sucede en el cerebro" de personas que experimentan emociones positivas, "y las formas en que podemos cultivar esas cualidades".

Con ese fin, Davidson ha pasado los últimos quince años investigando y representando las ondas cerebrales de los monjes en meditación – las ondas cerebrales que "son muy distintas", dice él, y revelar "la atención enfocada y la integración de redes a gran escala del cerebro" en aquellas personas que tienen entrenamiento en la meditación.

En cambio, dice Davidson, la representación en imagen del cerebro muestra que "a un individuo sin entrenamiento le es difícil enfocar su atención en un objeto por más de algunos segundos antes de que la mente comience a vagar".

Esto es porque "el estado del cerebro es el producto de nuestro condicionamiento, nuestras historias de aprendizaje y los medios en que vivimos". En el cerebro del meditador sin entrenamiento, explica él, "es típico que haya un diálogo cognitivo, mucho pensamiento al azar asociado al cambio que sucede de manera muy automática", un estado que a menudo se menciona en círculos de meditación como 'el cerebro del mono'. "Éste es el tipo de estado cerebral que se altera radicalmente mediante la práctica de meditación a largo plazo", explica él.

Davidson, quien medita diariamente entre 30 y 45 minutos, advierte que el modificar nuestro estado cerebral "toma años de entrenamiento". La meditación, él enfatiza, no es necesariamente "algo que uno pueda intentar en casa, por uno mismo", aunque, "nuestro trabajo sí muestra que incluso pequeñas cantidades de entrenamiento meditativo para personas totalmente nuevas en ello, pueden tener un efecto beneficioso que se puede medir".

La felicidad se puede aprender, dice Davidson, aun cuando "hay tanto en nuestra cultura que inculca el temor y otros tipos de emociones negativas.

"Todos nosotros venimos al mundo con una cierta propensión a la felicidad", explica, pero "tal como cualquier otra propensión, el llegar a niveles muy altos necesita de dedicación. Sin este proceso de alimentación no se puede llegar a realizar ninguna propensión". El resultado: "pensamos en la felicidad como una destreza – sin diferencia del aprender a tocar música o jugar golf".

Los humanos tienen un pie en la otra parte del reino animal cuando se trata de aprender la felicidad, explica Davidson, en gran parte gracias a nuestras "tendencias cooperativas innatas" que resultan principalmente del hecho de que "los humanos reciben el mayor tiempo de cuidados en el planeta". Para que los bebés humanos sobrevivan, "son alimentados y cuidados por un mayor período de tiempo que cualquier otra especie", lo que "establece en realidad las raíces de cooperación, compasión y bondad".

En cuanto a la proliferación de la brutalidad que parece abundar en nuestro mundo hoy, dice él, nosotros los humanos "simplemente dirigimos nuestra atención hacia las amenazas y peligros, y el lado negativo de la vida mediante los medios. No creo que esto represente nada fundamental sobre la condición humana".

Davidson es escéptico sobre el uso de los antidepresivos en Estados Unidos hoy en día, aconsejando a los usuarios que consideren el aprender "aquellas cosas que uno hace por uno mismo, en vez de tomar píldoras de manera externa" para alcanzar un equilibrio emocional.

"Mi propia visión es que están prescritos en demasía", opina él sobre los antidepresivos y que, además, "no sabemos cuales son los efectos secundarios a largo plazo de estos medicamentos. Necesitamos ver estas cosas con equilibrio", comenta él, "y ahora mismo, pienso que las cosas están torcidas hacia una dirección en particular.

"El entrenamiento mental es algo que visualizo como tan importante como el entrenamiento físico para mantener nuestra salud física", dice Davidson en su conclusión tras décadas de investigación del funcionamiento del cerebro humano. "Hoy la mayoría de las personas de clase media en los países occidentales creen que el ejercicio físico es bueno para su salud, e incorporan el ejercicio físico en su rutina semanal.

"Necesitamos preocuparnos de nuestras mentes de la misma forma en que nos preocupamos de nuestros cuerpos", sostiene. "Todos estaríamos mejor, y el mundo sería un mejor lugar".

Después de Telluride, Davidson viajará a India para reunirse con el Dalai Lama, con quien ha trabajado de manera regular a partir de 1992 cuando se le acercó con la entonces idea novelesca de "hacer investigación neurocientífica en los practicantes de meditación avanzados".

Quince años después, Davidson tiene una respuesta lista cuando se le pregunta sobre el alto grado de reverencia hacia el Budismo Tibetano en el mundo actual. "Se trata de una tradición contemplativa que es sumamente importante y poderosa", afirma él, "pero no es más poderosa que otras". Y mientras es cuidadoso de "no minimizar de ninguna forma la cualidad extraordinaria del Budismo Tibetano y otras formas de Budismo, Davidson también dice, "Creo que la razón por la que tiene el aura que tiene es por el Dalai Lama", señalando que ninguna otra tradición contemplativa tiene un líder de la estatura del Dalai Lama.

Contemplativa es la palabra clave cuando se trata de la ciencia de la felicidad, observa Davidson. "Cada una de las grandes religiones del mundo tiene un lado contemplativo", indica, "y los lados contemplativos de todas las grandes religiones son distintivamente no fundamentalistas".

El camino a la contemplación requiere de práctica, sostiene él.

"Con práctica suficiente, todos tenemos la capacidad de vivir vidas más felices", afirma. "El entrenamiento mental es algo que veo como tan importante como el entrenamiento físico para mantener nuestra salud física", y con ello, enfatiza, viene la mayor habilidad para tratar a nuestros compañeros "con compasión y bondad".

La charla abierta "Ser feliz como un monje" del Dr. Richard Davidson es gratuita, entre 7 y 8:30 pm en el Palm Theatre el jueves 29 de marzo. Para mayor información contactar al Ah Haa School en www.ahhaa.org o llame al 728-3886. Para mayor información sobre el Dr. Davidson y el centro Waisman visite http://brainimaging.waisman.wisc.edu.

viernes, marzo 16, 2007

EL TÍBET ES EL TECHO DEL MUNDO

China es el segundo país emisor de gases causantes del efecto invernadero y, por ende, uno de los mayores contribuyentes al calentamiento global El Himalaya es la cordillera más alta del mundo, consta de 14 cimas que se le conocen como las puntas del cielo y forma parte de Pakistán, Nepal, India, Butan y Tíbet, esta última también es denominada el techo de la tierra y se localiza en Asia central al sudoeste de China. Por ello, El Tíbet se ubica en el conjunto de montañas de mayor elevación en la tierra, tiene una población evidentemente budista, aunque el porcentaje de religiosos ha disminuido desde la invasión de China, y limita con Nepal y Everest. El paisaje tibetano resulta impresionante, es la cuna de los mayores nacimientos de ríos, aunque actualmente hay un grave problema con el aumento de residuos nucleares en el Tíbet y con la enorme deforestación que se está llevando a cabo en la zona. Cambios radicales en el entorno natural tibetano podrían afectar al monzón ( viento periódico, especialmente en el Océano Índico y el sur de Asia, caracterizado por grandes lluvias), de él dependen la agricultura y gran parte de la economía de India, Nepal, Tailandia, Birmania, China y otros países asiáticos, este viento se origina en El Tíbet. De esta forma al acelerarse el calentamiento global se deshielan los glaciales del Himalaya, y El Tíbet comienza a correr con las consecuencias. Aun más preocupantes son las consecuencias para la seguridad alimentaria del país, cuyo equilibrio entre población y recursos agrícolas es sumamente delicado. El mencionado aumento de temperatura podría reducir en un 37% las cosechas en la segunda mitad del siglo, estima el estudio. China es el segundo país emisor de gases causantes del efecto invernadero, que ayuda acelerar el calentamiento global, dentro de pocos años le arrebatará el primer lugar que corresponde a Estados Unidos. Según el Banco Mundial, China incrementó sus emisiones de gases causantes del efecto invernadero un 33% entre 1992 y 2002, mientras que India lo hizo en un 57%. Así es como termina por descongelar las gélidas mesetas que se forman en el Himalaya para darle vida al Tíbet. Las agresiones a su ecositema, contribuyen a los cambios bruscos del clima, lo cual genera desastres naturales. escrito por Redacción El Nuevo Dia (Venezuela) viernes, 16 de marzo de 2007

lunes, marzo 05, 2007

MONJAS TIBETANAS ENCUENTRAN TIEMPO PARA LA EDUCACIÓN EN EL EXILIO INDIO

Por Diana Reynolds Roome En SAN FRANCISCO CHRONICLE Domingo 14 de enero de 2007 Si algo bueno puede resultar de la opresión y la pérdida, yo puedo haber sido testigo de ello en Dharamsala. Este empinado y extenso pueblo en las faldas de los Himalayas del norte de India es hogar de miles de exilados tibetanos –incluyendo el Dalai Lama que vive en Namgyal, un monasterio amarillo y rojo posado en la cima de una colina y rodeado de banderas de oración. Yo permanecí en un convento budista tibetano en las afueras más bajas de la ciudad y presencié una transformación de vidas que no era sólo visible sino palpable. Unas 220 monjas –llamadas ani en tibetano- viven en Dolma Ling, que fue inaugurado hace un poco más de un año atrás por el Dalai Lama. Tomó 14 años para estar completo, después de largos años de colectar fondos, planificar y construir, lo que las mismas monjas ayudaron a hacer, transportando piedras y arena para ahorrar dinero en la construcción. Ahora los elegantes edificios blancos y granates, con simples claustros, patios y un templo (gompa), proveen un hogar para monjas de 14 a 80 años, muchas de las cuales han escapado de la opresión y de la destrucción de sus conventos en Tíbet. Antes de hallar este santuario, algunas habían estado encarceladas y torturadas por manifestaciones pacíficas contra el régimen comunista chino en Tíbet, rehusándose a denunciar al Dalai Lama o incluso por poseer retratos de Su Santidad. Una monja, Jangchup Dolma, a mediados de sus treinta, lucha por describir en inglés cómo ella y sus compañeras de viaje fueron atacadas mientras trataban de venir a la frontera. "Nosotras caminamos a pie un mes y medio. Caminábamos de noche, algunas veces no había luna, estaba muy oscuro y nosotras no veíamos ningún camino. Nuestra tsampa (comida de cebada) se agotaba y teníamos que rogar por comida en pequeñas aldeas. A veces había una lluvia pesada y alguna gente parecía casi inconsciente". Cuando ellas estuvieron cerca de la frontera con Nepal, fueron perseguidas por los guardias de frontera chinos. Los monjes que viajaban con ellas trataron de detener los camiones, pero una fue muerta y otras siete fueron heridas. Tales incidentes violentos aún suceden. La monja de 17 años que fue asesinada por los guardias cerca del Monte Everest el año pasado estaba planeando estudiar en el Dolma Ling. Todavía los tibetanos acuden en gran número a las fronteras con India y Nepal, viajando a través de los helados pasos de los Himalayas a pie o en yak para escapar de la ocupación extranjera que ha destruido su forma de vida y marginalizado a la mayoría de ellos en su propio país. Ahora seguras y a salvo, aunque en muchos casos separadas de sus familias, las monjas, en hábitos granates y con sus cabezas rasuradas, siguen programas ajetreados. Lo que hace a Dolma Ling inusual es que no es sólo una comunidad religiosa, sino también un instituto de aprendizaje. A las cinco de la mañana, las monjas asisten a la puja (sesión de oraciones) con rítmicos cánticos en el gompa, debajo de un magnífico mural de Tara Verde, la emanación femenina del Buda de la Compasión. Luego de ello, hasta la puja de las 6.30 p.m., ellas no tienen mucho tiempo para la meditación porque tienen una pizarra completa de clases, incluyendo inglés, lenguaje tibetano y a veces literatura, aritmética y computación. Eso es parte de los 13 años del programa educacional que ellas hacen en adición a la realización de deberes más prácticos como cocinar, limpiar, ordeñar las vacas del convento o hacer artesanías para vender –rosarios de oración, regalos bordados, y decoraciones en forma de vajras o ruedas del dharma (símbolos budistas). Para muchas, la educación es algo nuevo. Antes de arribar a Dharamsala, el 99% de ellas no podía ni leer ni escribir. Pocas monjas en Tíbet reciben alguna educación, y ellas con frecuencia son analfabetas porque orar es su vida, y muchas de ellas vienen de familias de nómades o de pastores de yaks cuya cultura está envuelta en la tradición oral en lugar del aprendizaje en libros. Los monjes, en contraste, han estudiado siempre filosofía budista y conservado bibliotecas, según el linaje o la tradición de su monasterio. Lo que es aún más inusual en el Dolma Ling es que las monjas estudian debate teológico o jangkunju, como un componente esencial en el aprendizaje y crecimiento más acomodado a las complejidades del budismo tibetano. Esta actividad otorga poderes, algo que se volvía evidente mientras observaba a las monjas practicando sus habilidades en los espaciosos patios, pateando y aplaudiendo para enfatizar los puntos oscuros de la filosofía budista tibetana. Delek-La, una animada joven ani, fue desafiada por su maestro (un monje) acerca de dónde reside el verdadero yo. (Su lama, o maestro personal, explica ella, cumplió una pena de prisión en Tíbet). Todas las monjas fueron preparadas para los exámenes en los cuales ellas tienen que ocuparse, con rigurosos argumentos, de puntos de la doctrina budista, elevando sus voces y desafiando al oponente. Hasta hace poco, sólo los monjes habían practicado esta forma de debate, pero las monjas ahora se están probando a sí mismas que están bien capacitadas en muchos de los desafíos académicos. Nueve ya se han graduado en el segundo nivel más alto de la tradición Nyingma y unas pocas están estudiando para el más alto, el título de Geshe, aunque todavía hay obstáculos para ello, y para la completa ordenación femenina. Con el total apoyo del Dalai Lama, el mayor esfuerzo está ahora en proceso de remover los obstáculos técnicos y las tradiciones arraigadas que hasta el momento impiden a las mujeres alcanzar esas metas. La vida en el exilio ha llevado a muchos tibetanos a darse cuenta que, si bien mantener las tradiciones es un desafío enormemente importante, aprender a conectarse con el mundo moderno es también vital para la supervivencia de la cultura. "Nosotros realmente queremos que ellas se capaciten" dijo Rinchen Khando Choegyal, directora fundadora del Proyecto de Monjas Tibetanas. Choegyal –la esposa del hermano menor del Dalai Lama, ministra de Educación del Gobierno Tibetano en el Exilio por casi 10 años y primera presidenta de la Asociación de Mujeres Tibetanas- está dedicada a que las mujeres, religiosas o no, ganen independencia. Pero Rinchen Khando agrega, incluso estos avances no compensan el doloroso hecho de haber sido expulsadas de su país. "Nosotros no debemos olvidar que somos tibetanos en el exilio, si se me hubiera dado la oportunidad, yo habría hecho esto en Tíbet".- Diana Reynolds Roome es una escritora de Bay Area. Por más acerca del Proyecto de Monjas Tibetanas, una organización sin fines de lucro que está ayudando a apoyar y educar a las monjas budistas en el exilio, vaya a www.tnp.org. Contáctenos en insight@sfchronicle.com

SOBRE UN VIAJE A RONGBUK, EL MONASTERIO MÁS ALTO DEL MUNDO

Por John Flinn, escritor del staff de Chronicle SAN FRANCISCO CHRONICLE Shangri-La no tiene inodoros con cisterna. De hecho, lo menos dice lo mejor acerca de las comodidades. Destinos todo alrededor del Asia Central reclaman ser la inspiración de la vida real para la novela de James Hilton de 1933, "Los horizontes perdidos", pero mi dinero está en el Monasterio Rongbuk al pie del Monte Everest en Tíbet. Las expediciones inglesas al Everest de la década del 20 lo usaron como campamento base, y ellos retornaron a casa con historias de arrugados monjes budistas viviendo en espléndido aislamiento en un valle tapiado por los picos de los Himalayas. Sus lecturas con linterna causaron sensación en Londres, y fueron tan plausibles que Hilton asistió a una, al menos. El quid: Sacar un detallado mapa topográfico del área del Everest y correr su dedo unas pocas millas al suroeste, justo sobre la frontera nepalesa. Allí usted encontrará un oscuro y poco usado paso de montaña. Su nombre: Changri-La. En algunos mapas incluso escrito como Shangri- La. Comodidades a un lado, Rongbuk, a 16.500 pies, era el punto alto –figurativa y casi literalmente- a una semana de viaje, 600 millas, en una Land Rover, el último otoño a través de los Himalayas, desde Lhasa, Tíbet, a Katmandú, Nepal. "El techo del mundo" es llamada, y no hay exageración. La meseta tibetana, con el tamaño del oeste de Europa, es la masa de tierra más elevada del planeta, coronada por colosales picos de nieve rozando el cielo del Asia Central: Everest, Makalu, Cho Oyu, Shishapangma y otros gigantes. Durante la mayor parte de su historia, el Tíbet fue una tierra misteriosa y prohibida, cerrada con fuerza al mundo exterior, lo que la hizo irresistible a los aventureros y soñadores. Esto ha sido hasta hace 20 años, cuando los turistas han sido permitidos en números significativos, pero un viaje independiente está todavía fuera de los límites de los occidentales. Como mínimo, los viajeros deben contratar un guía chino aprobado y usualmente un conductor. Yo hice lo que la mayoría de los visitantes hace: me inscribí en un organizado tour en Land Rover. Casi cualquier agencia de viajes en Tíbet, y muchas en Nepal, pueden poner una. También pueden los agentes de viaje de Estados Unidos, especializados en esta parte del mundo. (La mayoría de los tours usan en efecto Toyota Land Cruisers, pero en Tíbet como en el este de África, "Land Rover" se ha convertido en el nombre genérico para cualquier vehículo de cuatro ruedas). En el lobby de un curiosamente limpio y moderno hotel de Lhasa –la capital de Tíbet- de propiedad de un chino, yo me encontré con mis compañeros de viaje: cinco daneses, una mujer de New York y nuestro guía tibetano, Phorbu Chundak. Nosotros cargamos nuestras bolsas de viaje en la parte de atrás de las dos Land Rover equipadas con botellas de oxígeno de emergencia, subimos y nos pusimos en camino. Altura entre los yaks A la vera del pueblo, justo pasando la nueva oficina de Amway, nosotros dejamos el siglo 21 y entramos en la Tierra del Yak. No es exageración decir que sin esas enormes, peludas y malhumoradas bestias, la vida rural en la meseta tibetana sería imposible. Los yaks aran los campos y transportan mercancías al mercado. El cuero del yak viste a los tibetanos y cubre sus pies. El áspero pelo externo es tejido para las carpas, el suave pelo interno para las mantas. La carne de yak rellena los momos, las bolas de masa guisada, básicas en los menús tibetanos. La manteca del yak se usa como combustible de las lámparas de los monasterios y, cuando está rancia, le da al té tibetano su singular sabor. Incluso el estiércol del yak es valioso, es recogido por los niños, puesto a los costados de las casas a secar y luego quemado en los fuegos de la cocina. Los yaks son apropiados únicamente para el frío y el aire desprovisto de oxígeno de la meseta tibetana, ya que ellos no pueden sobrevivir debajo de los 12000 pies de altura. Nosotros estuvimos viajando en la "Autopista de la amistad" construida por los chinos, que corre desde Lhasa a la frontera nepalesa sobre una serie de pasos a 16.000 y 17.000 pies. Es una formidable proeza de la ingeniería, aunque la mayor parte de la ruta no da para ser llamada autopista. Es en general una vibrante y sucia pista de gravilla, y en unos pocos lugares es apenas un camino: para no perder un diente, o pegar tu cabeza contra el techo, nosotros sólo seguimos el lecho de un arroyo rocoso en primera. Lhasa se encuentra a 12.500 pies, y nuestra ruta era bastante más cuesta arriba desde allí. A esa altitud, el aire tiene escasamente la mitad de oxígeno que al nivel del mar. Tuve un recuerdo bastante dramático sobre eso en la primera noche, cuando nos registramos en un moderno hotel en el pueblo de Gyantse. Mi habitación estaba en el tercer piso y no había elevador, por eso yo me colgué mi gran bolso de viaje sobre mi hombro y brinqué los escalones de a dos por vez. Al tiempo que alcancé mi puerta, mi corazón estaba latiendo histéricamente y yo estaba jadeando, a punto de estallar, incapaz de llevar suficiente oxígeno a mis pulmones. Me dejé caer sobre mis rodillas, pero mi visión era borrosa y no podía encajar mi llave en la cerradura. Por unos pocos momentos estuve verdaderamente atemorizado: yo pensaba que estaba sufriendo un ataque al corazón. Esto tomando en cuenta de que una hora antes yo me sentía muy bien. Sonriendo con lenguas Desviándonos del camino principal al día siguiente tomamos una senda de áspera gravilla, pasamos las carpas negras de los nómades pastores de yak y pasamos por las tradicionales aldeas tibetanas que cambiaron poco a través de los siglos, salvo por las ocasionales antenas parabólicas y las mesas de pool. Los tibetanos, son locos por los billares. Era otoño, y todos estaban en los campos cosechando la cebada. Cuando nos acercábamos, los niños paraban de trabajar, se alineaban al lado del camino y saludaban. Una vez, cuando nos detuvimos, mujeres con delantales rayados vinieron a decirnos hola, sonriendo con las puntas de sus lenguas sobresaliendo. Esto suena raro –tradicionalmente era una forma de asegurar a los extranjeros que no eran lenguas viperinas demoníacas- pero es algo encantador que desarma al verlo. A pesar de todo lo que han pasado, la mayoría de los tibetanos son irreprimible y contagiosamente alegres. Ninguno aquí ha escapado a los efectos de la brutal conquista china, pero afuera en el campo la vida mantiene alguna semejanza con lo que fue. Este no es el caso en los pueblos y las ciudades, donde nosotros pasábamos nuestras noches. Shigatse, en particular, se ha dispersado en una extensión descontrolada de modernas y antiestéticas metrópolis con el influjo de varias decenas de miles de inmigrantes chinos Han. Algunas calles no se pueden distinguir de Beijing. Hay grandes guarniciones del Ejército Popular de Liberación en las afueras del pueblo, y los tibetanos son una minoría diferente en las veredas. En el magnífico y dorado techo del monasterio de Tashilhunpo, nosotros fuimos advertidos de que cuidáramos lo que decíamos porque se sospechaba que algunos de los monjes eran espías de los chinos. En el mucho más pequeño pueblo de Lhatse, donde nosotros paramos un día para almorzar, todos los comercios y restaurantes tenían personal chino Han. Cuando nosotros paramos con nuestras Land Rovers fuimos rodeados por harapientos y desesperados mendigos tibetanos que nos agarraban de nuestras mangas y nos miraban fijo con ojos llorosos e implorantes. Este fue un crudo y desconcertante recordatorio de cómo los tibetanos han sido marginalizados en su propio país. Yo no pude volver al campo lo suficientemente rápido. Viviendo como un monje Por muchos días nosotros condujimos sobre los altos pasos festoneados por miles de banderas de oración en jirones, decoloradas por el sol y las siempre cercanas vistas de los enormes picos nevados. Entonces un día nosotros doblamos una curva y nos encontramos frente a frente con la montaña más alta del mundo. Nosotros estábamos ya a 16.000 pies sobre el nivel del mar –mucho más alto que las cimas de los Montes Whitney o Rainier- y el Everest se elevaba otras dos millas y media sobre nosotros. Desde su cima, que está más allá de las corrientes de aire, una inmensa pluma de nieve volaba como una bufanda tomada por el viento. Era imposible quitar nuestros ojos de la montaña. Mirando fijamente desde el valle hacia el pico, John Noel, un explorador británico anterior, escribió, "algún colosal arquitecto que construyó los picos y los valles, pareció aquí haber causado un prodigio dramático, un vestíbulo de grandeza que guía a la montaña." En el otro lado, en Nepal, el Everest se esconde tímido detrás de montañas más bajas, y desde muchos ángulos es difícil decir que él es el más alto. Pero aquí se levanta supremo sobre todo y parece absolutamente digno de su nombre tibetano, Chomolungma, "diosa madre del mundo." (Según el último Galen Rowell, los geógrafos británicos investigando los nombres locales del pico en el siglo 19, vinieron con otro: Mi-ti Gu-ti Cha-pu Long-nga, que se traduce como "Tú no puedes ver la cima desde cerca pero tú puedes ver la cima desde nueve direcciones, y un pájaro que vuele tan alto como la cima quedará ciego".) Cuando nos acercábamos a Rongbuk, sin embargo, yo me preparé para lo peor. El monasterio más alto del mundo y una vez uno de los más reverenciados del Tíbet, era hogar de más de 500 monjes y monjas budistas, los festivales de estación traían peregrinos desde tan lejos como de Mongolia. Las primeras expediciones paraban aquí para recibir las bendiciones de Rinpoché, un lama reencarnado, antes de dirigirse a la montaña. Pero en los ´60 durante la tumultuosa Revolución Cultural, los vándalos profanaron Shangri-La. Animados por la Guardia Roja del Ejército Popular de Liberación, jóvenes chinos y tibetanos se desahogaron emocionalmente sobre los techos de las capillas y destruyeron todo artefacto y tesoros de arte que los monjes no fueron capaces de llevarse a Nepal. Hay historias, que espero sean apócrifas, de vándalos usando los textos sagrados como papel higiénico. Por eso yo estaba alegremente conmovido de encontrar Rongbuk sustancialmente reconstruido y luciendo más o menos como era en las fotografías de 1920. Catorce monjes y catorce monjas viven aquí ahora y están restaurando el lugar lenta y minuciosamente. Cuando nos acercábamos al monasterio yo pude escuchar murmullos, cantos basso profundo, que parecían causar la vibración del suelo. Un monje de 37 años llamado Awanghwutse, llevando una gorra de ski de Nike, bajó su pincel de pintura, abrió la puerta de la capilla y me condujo dentro. Sobre las paredes, iluminadas por parpadeantes lámparas de manteca de yak, había intrincados y frescos murales de leones de nieve y deidades protectoras tibetanas que lucían atemorizantes. "Este es un gran trabajo", dijo Awanghwutse, con el guía Phorbu traduciendo. "Un americano rico ofreció pagar por todo, pero los chinos no nos dejaron aceptar. Ellos prohíben las contribuciones de los extranjeros. Yo estaba planeando ya deslizarle unos pocos dólares, pero después de escuchar eso doblé mi donación. Un viejo tibetano en una campera de ganso, asomó su cabeza a la puerta. "él vive en una cueva arriba en el valle", dijo Awanghwutse con propiedad. "Él ha estado allí por 20 años". Porque está allí Los chinos han construido un moderno y llamativamente feo hotel abajo en el valle, pero sólo los turistas chinos se quedan en él. Nosotros, como los otros visitantes occidentales, nos registramos en una casa de huéspedes dirigida por el monasterio. Era primitiva –para ponerlo suavemente- pero las rentas iban a parar a la reconstrucción de Rongbuk. Las ventanas en la pequeña habitación que yo compartí con otros dos, tenían grandes rajaduras en los cristales, las mantas de lana de yak estaban ásperas y raspaban, y el baño era un horroroso y maloliente cobertizo con un agujero en el piso. En el comedor, nuestro arroz estaba freído sobre un fuego de estiércol seco de yak, que le daba un distintivo gusto fuerte. Pero cuando me desperté a la medianoche y miré hacia fuera por la ventana para ver la cara norte del Monte Everest, resplandeciente como alabastro a la luz de la luna, todo parecía valer la pena. A diferencia de Nepal, donde toma al menos una semana el duro viaje hasta alcanzar el Everest, tú puedes conducir al pie de la montaña aquí. Desde Rongbuk, donde todos los vehículos pueden ir sin permiso especial, son sólo 5 suaves millas desde el valle hasta el campamento base. Se puede contratar un carro con pony para el viaje, pero era un lindo día y preferí caminar. Ya aclimatado, yo encontré que podía dar un paseo con un paso bastante bueno sintiendo el viento. Pasé por la cueva donde estaba viviendo el monje y más lejos en el valle, por un gran y extrañamente no asustadizo rebaño de ovejas azules tibetanas salvajes. Pero la montaña demandaba mi constante atención. Mientras caminaba, mis ojos trazaban la ruta hacia la mano izquierda del horizonte donde George Leigh Mallory –el caballero inglés que quiso subir al Everest "porque está allí"- desapareció en las nubes en 1924, posiblemente alcanzando la cima 29 años antes que Tenzing y Hillary. El campamento base es una pequeña ciudad de carpas semi permanentes convertidas en casas de té y posadas de huéspedes. Una tenía pintada a mano una señal para identificarla como "Hotel California". Yo entré por una taza de té y me di cuenta que había dos demacrados cuerpos durmiendo sobre las almohadas frente a mí "Ellos son alpinistas españoles que recién bajaron de la montaña", dijo la muchacha tibetana que llenó mi taza. " Ellos no llegaron hasta la cima pero no sé como ninguno de los dos murió". Problemas me estaban esperando al regreso a la casa de huéspedes del monasterio. Un miembro de nuestro grupo, una mujer danesa en sus cincuenta, llamada Annie, balbuceaba semi incoherente, incapaz de hacer frente a la altitud extrema. Ella parecía estar teniendo un edema cerebral, una acumulación de fluido en su cerebro, una forma potencialmente fatal de la enfermedad de la altura. Desplomada en un rincón y aspirando oxígeno de una gran lata de metal, ella estaba jadeando y mascullaba. Parecía que el oxígeno no estaba ayudando. Hay solo una cura exitosa para el edema cerebral, y es descender. En la mayoría de los lugares del Tíbet es simplemente imposible –la parte más baja de los valles está frecuentemente a 14.000 pies de altura- pero nosotros estábamos de suerte: estábamos a medio día de viaje del borde de la meseta. Teníamos que cruzar dos pasos más de 16.500 pies de altura, y entonces llegaríamos a uno de los más extraordinarios lugares de la tierra: condujimos derecho hasta el borde de la meseta tibetana y bajamos vertiginosamente hacia las murallas del sur de los Himalayas como un balón rodando por una mesa. Abajo, abajo, abajo condujimos, bajamos casi 11.000 pies en una hora y media. Más abajo pude ver nubes de monzones hirviendo desde Nepal, luciendo lo bastante sólidas como para abollar nuestro parachoques. El marrón árido de la meseta tibetana daba lugar a un verde exuberante mientras caídas de agua reflejaban a los lados del cañón y el bambú brotaba por todas partes. Era como ir instantáneamente de Nevada a Kauai. El aire cambió de frío y seco a cálido y húmedo, los búfalos de agua reemplazaron a los yaks y los hindúes suplantaron a los budistas, todo en unas pocas millas. Por el tiempo que nosotros alcanzamos el pueblo de Zangmou, Annie estaba riendo y bailando, milagrosamente recuperada, y Shangri-La era una vez más solo un sueño lejano.-